MANUAL DEL DICTADOR PERFECTO
febrero 10, 2012Te cuento Bettina querida, una anécdota maravillosa mía que sucedió cuando fui testigo presencial del día en que Guns and Roses dio un concierto al aire libre en el Estadio “El Campín” de la ciudad de Bogotá:
Érase una fría noche novembrina de 1992 cuando asistí al evento con el abrigo negro de mi abuelo esperando verlos tocar “Sweet child of mine”, que para mí era la mejor canción de rock del siglo XX, después de “Hotel California”, -claro está-, y por casualidad nos encontramos y saludamos con Fanny Mickey quien me acompañó a la grama a fumarme un tabaco de María Juana mientras que el concierto comenzaba…
Pasadas tres o cuatro canciones, entre ellas, “Welcome to the Jungle” y “Paradise City”, llegó un momento mágico y quizás único, irrepetible en ninguna otra parte del espacio temporal de este loco universo por el que nos tocó transitar.
Fue que comenzaron a tocar la parte suave de “November Rain”, al tiempo que, por alguna encabronada razón, comenzó a caer sobre el estadio y los 40.000 espectadores, una especie de rocío mañanero sincronizadamente con tal canción… de ese rocío mañanero que es súper agradable cuando levantas tu cara al cielo y suavemente te toca la piel… y sus gotas te dan de beber… como si fueras un niño de brazos siendo arrullado por el mismísimo Suijin, Tláloc, Neptuno o Poseidón…
Lo recuerdo, porque la sensación era única e inolvidable, puesto que no te creaba necesidad alguna de apartarte de la lluvia y resguardarse de ella en ninguna parte, sino, todo lo contrario… te invitaba a quedarte allí, a campo abierto, mirando al cielo agradecido al Universo…
Todo esto ocurrió, si acaso durante unos seis o siete minutos, hasta que en el segundo exacto en que comenzó la parte más roquera y heavy metal de la canción, sincronizadamente, se desató un aguacero de Padre y Señor nuestro… de esos en los que hasta gorgojean por igual Águilas y Palomas, formando un caos completo en el cual veíamos a estos locos tocando, con más rabia y con más fuerza que nunca antes en sus vidas… exponiéndose, en cuerpo y alma, a electrocutarse con sus propios instrumentos eléctricos…
Porque algún pendejo olvidó ponerle techo al escenario, mientras que, en las pantallas gigantescas del fondo, pasaban escenas del piano de Axel incendiándose, lo que curiosamente, junto con la adrenalina producida por aquel grupo de frenéticos que se jugaban la vida sin desentonar ni desafinar una nota, nos hacía olvidar el frío porque servían de sistema de calefacción para calentar todo aquel estadio al aire libre y a campo abierto…
Yo por mi parte y siendo el último de la fila, ubicado en la mitad de la cancha de futbol protegida por una alfombra plástica donde no había más gente detrás mío, no dude un segundo en salir corriendo…
De oriente a occidente y de occidente a oriente… al son de la música, y a la velocidad de los rayos y centellas que iban y venían sin poder alcanzarme… jugando como en aquellos sueños despiertos en que quería ser estrella de rock and roll ante 80 mil personas, con una guitarra eléctrica imaginaria entre mis manos, corriendo a toda para terminar tirándome de rodillas… y gracias al efecto flotador del agua, derrapar como 7 metros antes de parar al borde de la pista… Para luego levantarme a volver a hacerlo en el sentido contrario… muerto de la risa de la euforia y de la adrenalina… como en cinco ocasiones únicas y exclusivas….
¡Wow! Qué vida… Si la gente de arriba no hubiera estado mirando a los cinco gunners fajarse ese concierto bajo un aguacero fulminante hasta que volvieron trizas los cueros de los tambores empapados por el agua y los golpes de Steve Adler a su batería, tal vez hubieran aplaudido a Juanito, aquel chicuelo que parecía haciendo skateboard, o más bien windsurf, en la mitad de un estadio, convertido en lago, a 2.600 metros más cerca de las estrellas del cielo y del hall de la fama rocanrolero, con el abrigo de su abuelo, utilizado como la capa voladora de otro American Hero…
O tal vez sería, que durante un instante magnifico y en un mundo paralelo, ese chicuelo le arrebató a Slash su guitarra Gibson Les Paul por algunos minutos, razón suficiente para terminar de una vez por todas y para siempre, aquel inolvidable concierto bajo la lluvia de noviembre… MARTIN S.
